Paralizar Mercosur: una decisión necesaria para salvar la agricultura y la ganadería
Lo ocurrido
en Bruselas con el acuerdo UE–Mercosur no admite equidistancias ni matices
técnicos. El Parlamento Europeo ha hecho lo que PP y PSOE se negaban a hacer: frenar
una barbaridad política y jurídica y enviar el acuerdo al Tribunal de Justicia
de la UE. Y lo ha hecho pese a la presión de los grandes lobbies y al cierre de
filas de los principales partidos del sistema europeo. Mercosur no es un
acuerdo inocente: supone una amenaza directa para el campo europeo y, de forma
especialmente grave, para el sector primario de Castilla y León.
La votación
de PP y PSOE es un escándalo político. Ambos partidos se opusieron a paralizar
el acuerdo, a someterlo al control de la justicia europea y a aplicar el más
mínimo principio de prudencia democrática. Actuaron de forma coordinada,
demostrando que cuando se trata de comercio internacional y de intereses
corporativos, las diferencias ideológicas desaparecen. Han preferido proteger
al agronegocio y a las multinacionales exportadoras antes que a los agricultores
y ganaderos.
Especialmente
grave es la posición del Partido Popular y, en particular, del PP de Castilla y
León. Mientras en el territorio se presentan como defensores del campo y del
medio rural, en Bruselas sus eurodiputados han votado a favor de que Mercosur
siga adelante. Han respaldado la entrada masiva de productos agrícolas
producidos en condiciones prohibidas en la UE, promoviendo una competencia
desleal que hunde precios, destruye negocios familiares y acelera el abandono de
los pueblos. Este doble discurso no es un error puntual: es una estafa
política.
El PSOE
tampoco puede refugiarse en discursos sobre sostenibilidad y cohesión
territorial. Su voto demuestra que el campo es moneda de cambio cuando entran
en juego los grandes intereses económicos. Han ignorado las advertencias del
sector agrarios y han votado contra la paralización y el control jurídico del
acuerdo, evidenciando una profunda incoherencia entre su discurso y su práctica
política.
Mercosur
golpea de lleno a sectores estratégicos de Castilla y León: vacuno, porcino,
cereales, remolacha, maíz y miel. Sectores ya asfixiados por costes elevados,
precios injustos y una normativa cada vez más exigente. Frente a esta realidad,
PP y PSOE repiten el argumento de las cláusulas de salvaguardia, mecanismos
ineficaces, difíciles de activar y jurídicamente débiles, incapaces de evitar
el daño estructural al tejido productivo.
Frente a
esta traición al sector primario, la izquierda que ha votado contra Mercosur o
ha apoyado su paralización parte de una lectura real del medio rural. Entiende
que el problema no es la falta de competitividad, sino un modelo económico que
exprime a agricultores y ganaderos, concentra beneficios en pocas manos y los
abandona a la lógica del mercado global. Decir no a Mercosur es rechazar un
modelo agroindustrial que concentra tierra, producción y poder, y expulsa a la
agricultura familiar y profesional que sostiene pueblos, servicios a la
población, empleo y territorio.
Este acuerdo
no es solo un tratado comercial: profundiza la dependencia alimentaria,
debilita la soberanía alimentaria y transfiere el control de la alimentación a
las grandes corporaciones agroalimentarias. Castilla y León no necesita
importar alimentos producidos en condiciones de dumping social y ambiental;
necesita proteger su capacidad de decidir qué se produce, cómo se produce y
para quién se produce. No tiene sentido exigir estándares cada vez más
estrictos a los productores locales mientras se abren las puertas a productos
que no cumplen esas mismas normas.
El impacto
no es solo económico, sino social y territorial. Mercosur acelera la
despoblación del medio rural, destruye empleo agrario y rompe el tejido
económico de comarcas enteras. Cada explotación o granja que cierra es un
pueblo que pierde población, servicios y futuro. Por eso la oposición al
acuerdo no es sectorial, sino una defensa del territorio y de la cohesión
social.
Desde la
izquierda se plantea una alternativa clara: situar el derecho a la alimentación
por encima de cualquier acuerdo comercial; apostar por la agroecología, por
sistemas alimentarios sostenibles y por territorios vivos; proteger la
agricultura familiar y profesional frente al modelo industrial depredador;
exigir reciprocidad real en los acuerdos comerciales; orientar la Política
Agraria Común hacia quienes trabajan la tierra; garantizar precios que cubran
costes de producción; reforzar la regulación pública de los mercados; apoyar la
ganadería extensiva y la pequeña y mediana agricultura; y fortalecer los
circuitos cortos de comercialización y el consumo de proximidad.
Defender el medio
rural es entender que sin agricultores y ganaderos no hay transición ecológica,
soberanía alimentaria ni futuro rural. La paralización de Mercosur es solo un
primer paso. Lo que está en juego no es solo el futuro del campo de Castilla y
León, sino el derecho colectivo a una alimentación sana, justa y sostenible. En
este proceso, PP y PSOE no son actores neutrales: son responsables directos por
su voto en Bruselas y su subordinación a los intereses de las grandes
corporaciones agroalimentarias. La disyuntiva es clara: un campo vivo o un
territorio sacrificado en el altar del libre comercio.

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