La «restanza»: el sentido político de permanecer y habitar

 


Desde mediados del siglo XX, los territorios rurales de la península ibérica atraviesan un proceso de despoblación profundo y continuo que no puede explicarse únicamente en términos demográficos. El éxodo iniciado en las décadas de 1950 y 1960 fue también una transformación cultural, simbólica y emocional, impulsada por un modelo de desarrollo que asoció el progreso con la ciudad y relegó «lo rural» a un lugar subordinado. Marcharse se convirtió en sinónimo de futuro, mientras quedarse pasó a ser interpretado como un resto del pasado.

Durante décadas, el relato dominante puso el foco casi exclusivamente en quienes se fueron. La huida fue narrada como necesidad, resignación o progreso, mientras que la experiencia de quienes permanecieron quedó silenciada. Sin embargo, fueron muchas las personas que se quedaron, sosteniendo la vida cotidiana en territorios cada vez más envejecidos, con menos servicios y menor presencia institucional. Nombrar esa experiencia resulta imprescindible para comprender la despoblación rural en toda su profundidad.

El concepto de «restanza», desarrollado por el antropólogo italiano Vito Teti, permite precisamente dar nombre y sentido a esa condición. La restanza no es simplemente quedarse, sino habitar un lugar atravesado por la ausencia, por la memoria de quienes se marcharon y por la conciencia de una pérdida que no se cierra del todo. No es inmovilidad ni rechazo al cambio, sino una forma compleja de estar en el mundo, marcada por la adaptación, la ambigüedad, la decadencia y la capacidad de resistir sin idealizar.

En los territorios del sur de Italia que Teti ha estudiado, quedarse nunca fue un gesto heroico ni una elección cómoda. La restanza surge de una combinación de arraigo, límites materiales, responsabilidades familiares y vínculos afectivos, pero también de una relación profunda con el lugar y con su historia. Quien se queda no lo hace desde la pureza ni desde la nostalgia, sino desde la contradicción, negociando cada día entre lo que se pierde y lo que aún puede construirse.

La experiencia de muchos territorios rurales de la península ibérica dialoga directamente con esta mirada. Quedarse ha significado convivir con el cierre de escuelas, la desaparición de servicios y la fragmentación de la comunidad, pero también cuidar el paisaje, mantener el legado cultural y sostener formas de vida que no siempre encuentran reconocimiento. La restanza pone en valor ese trabajo invisible, cotidiano y persistente que ha permitido que muchos pueblos sigan existiendo.

Hablar de restanza es también hablar de identidad. No de una identidad fija o idealizada, sino de una identidad en tensión, atravesada por la pérdida y el cambio. El arraigo no es solo pertenencia; es también conflicto, memoria y responsabilidad. Quienes se quedan habitan un tiempo discontinuo, donde el pasado pesa y el futuro se presenta incierto. Esa experiencia marca profundamente las subjetividades individuales y colectivas.

En este marco, la infancia y la juventud ocupan un lugar central, aunque a menudo poco escuchado. Crecer en un territorio que se vacía condiciona las expectativas, los deseos y la forma de vivir el presente e imaginar el futuro. Para muchos niños, niñas y jóvenes, el mensaje implícito sigue siendo que, para “llegar a ser alguien”, hay que marcharse. La restanza nos invita a cuestionar ese mandato y a preguntarnos qué significa educar cuando el horizonte parece estar siempre fuera.

Desde la práctica profesional de la educación social, trabajar el marco político de la restanza implica abrir espacios de reflexión crítica con la infancia y la juventud. No se trata de promover que se queden o que se vayan, sino de acompañar procesos de construcción de sentido y de identidad. Poner palabras a la historia del pueblo, reconocer las ausencias, escuchar las experiencias familiares y legitimar los afectos vinculados al territorio son acciones profundamente socioeducativas y políticas.

La educación social puede contribuir a que niños, niñas y jóvenes comprendan que quedarse no es sinónimo de fracaso ni marcharse garantía de bienestar. Trabajar la memoria colectiva, los saberes locales y las prácticas comunitarias permite fortalecer vínculos y autoestima territorial, sin caer en discursos idealizados. La restanza, en este sentido, ofrece un marco desde el cual pensar proyectos socioeducativos que conecten pasado, presente y futuro, sin imponer trayectorias únicas.

Al mismo tiempo, la restanza interpela las políticas y prácticas de repoblación. Repoblar no puede reducirse a atraer nuevas personas sin contar con quienes ya están, especialmente con las generaciones más jóvenes. Si la infancia y la juventud no son reconocidas como sujetos activos del territorio, cualquier estrategia de futuro queda incompleta. La educación social puede actuar como puente entre generaciones y culturas, evitando que los proyectos externos se impongan sin diálogo ni arraigo real.

Para los grupos de acción local que trabajan en el ámbito del desarrollo rural, bajo la metodología LEADER, la restanza debería ser una referencia ética y política de primer orden. Implica asumir que el desarrollo no es solo crecimiento, innovación o llegada de población, sino también cuidado, escucha y reconocimiento. Supone aceptar procesos lentos, frágiles y a veces contradictorios, donde no todo es medible ni inmediato; en este punto resulta necesario cuestionar a las administraciones públicas que, desde lógicas fiscalizadoras y excesivamente tecnocráticas, evalúan estos procesos con criterios de inmediatez y cuantificación que no se corresponden con los tiempos reales del desarrollo territorial. Conviene recordar que LEADER siempre estuvo concebido como un laboratorio de innovación social y territorial, un espacio de experimentación que requiere margen de error, aprendizaje y continuidad, y no únicamente resultados rápidos y fácilmente auditables.

Quedarse, hoy, puede entenderse como un acto profundamente político. La restanza cuestiona un modelo de desarrollo que ha producido centros y periferias, oportunidades y abandonos, y afirma que estos territorios no son espacios fallidos, sino lugares desde los que pensar otros modos de vida. No se trata de romantizar el quedarse, sino de reconocer su dignidad y su potencial transformador.

Quizá el mayor valor de la restanza sea que no ofrece soluciones cerradas. Nos obliga a detenernos, a incomodarnos y a hacernos preguntas colectivas. ¿Qué relatos transmitimos a la infancia y a la juventud sobre su lugar de origen? ¿Qué futuros estamos legitimando? ¿Qué responsabilidades asumimos como sociedad hacia quienes se quedan? En un tiempo marcado por la modernidad líquida, la urgencia y la movilidad constante, la restanza nos recuerda que permanecer también es una forma de movimiento: una forma de cuidado, de memoria y de compromiso con lo comunitario.


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