La educación social no puede delegarse en la policía: una crítica necesaria a la figura del “agente tutor”
En los
últimos años, numerosos ayuntamientos han impulsado la figura del llamado
“agente tutor” como supuesto recurso de prevención en los centros educativos.
Presentado habitualmente como un instrumento de cercanía, convivencia y
protección a la infancia, este modelo esconde, sin embargo, una profunda
contradicción institucional, pedagógica y profesional que merece ser denunciada
con claridad.
La cuestión
es sencilla: ¿por qué las administraciones públicas siguen enviando policías a
los centros educativos para realizar funciones preventivas, socioeducativas y
de intervención comunitaria mientras continúan sin crear plazas suficientes de
educadores y educadoras sociales en los colegios e institutos?
La respuesta
revela un grave problema de concepción política y de intrusismo profesional.
Porque
conviene decirlo sin rodeos: la prevención educativa no es una función
policial. Nunca lo ha sido. Y convertir a miembros de las Fuerzas y Cuerpos de
Seguridad en referentes de intervención socioeducativa constituye una anomalía
difícilmente justificable en un Estado que presume de profesionalización y
especialización de los servicios públicos.
Un agente
tutor podrá tener buena voluntad, experiencia policial o habilidades
personales. Pero eso no convierte automáticamente a un policía en profesional
de la educación social, de la pedagogía preventiva ni de la intervención con
infancia y adolescencia. Del mismo modo que nadie aceptaría ser operado de
apendicitis por un carnicero —con todos los respetos hacia los excelentes
profesionales del comercio cárnico— tampoco deberíamos aceptar que la
prevención socioeducativa recaiga sobre personas cuya formación no está
orientada a ello.
La
comparación puede parecer dura, pero ilustra perfectamente el absurdo que se ha
normalizado.
Los educadores
y las educadoras sociales cursan un grado universitario centrado precisamente
en aquello que los agentes tutores pretenden desempeñar: prevención, mediación de
conflictos, convivencia escolar, absentismo escolar,… Es decir, poseen
competencias técnicas, pedagógicas y éticas directamente vinculadas con la
realidad educativa y social.
¿Qué
formación recibe un policía en estas materias? Fundamentalmente ninguna, o en
el mejor de los casos, cursos complementarios puntuales claramente
insuficientes para sustituir una profesión universitaria.
Y aquí
aparece el núcleo del problema: se está produciendo un evidente intrusismo
profesional legitimado desde las propias administraciones públicas.
La paradoja
resulta todavía más grave cuando observamos que la gran mayoría de los centros
educativos de Educación Primaria y Secundaria carecen de educadoras y
educadores sociales en sus equipos. Mientras tanto, numerosos ayuntamientos
financian unidades policiales específicas para entrar en las aulas a impartir
charlas, talleres y actuaciones preventivas.
¿Desde
cuándo la convivencia escolar, el absentismo, la mediación, la prevención del
acoso o el trabajo con la infancia y adolescencia pasan a ser competencias de
la policía?
La propia Ley
Orgánica 2/1986, de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad deja claro cuál es el marco policial.
Cuando la ley habla de prevención, lo hace vinculándola a la delincuencia, a la
seguridad ciudadana y a los actos delictivos. No a la intervención educativa,
ni al acompañamiento pedagógico de niñas, niños y adolescentes dentro del
sistema educativo.
Por tanto,
resulta jurídicamente cuestionable y políticamente preocupante que se difumine
deliberadamente la frontera entre seguridad y educación.
Porque la
escuela no puede convertirse progresivamente en un espacio de normalización
policial.
Aunque el
agente tutor vista de paisano, aunque adopte un lenguaje amable o aunque sus
intervenciones se presenten como “educativas”, sigue representando una
autoridad coercitiva cuya función esencial pertenece al ámbito del control y la
seguridad, no al de la educación emancipadora ni al desarrollo integral de la
infancia y adolescencia.
Las niños,
niños y adolescentes necesitan referentes educativos, no policiales.
Necesitan
profesionales preparados para comprender procesos madurativos, conflictos
familiares, exclusión social, fracaso escolar, salud mental, desigualdad o
vulnerabilidad comunitaria. Y esos profesionales existen: se llaman educadoras
y educadores sociales.
Sin embargo,
en lugar de fortalecer su presencia en los centros educativos, muchas
administraciones prefieren soluciones más vistosas mediáticamente y
aparentemente más baratas políticamente. En gran medida, esta deriva fue
impulsada en 2001 por la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP)
junto al Plan Nacional sobre Drogas y secundada por numerosos ayuntamientos que
han asumido acríticamente un modelo profundamente discutible.
Lo más
preocupante es que esta sustitución simbólica transmite además un mensaje
pedagógico muy peligroso: que los problemas de convivencia, conducta o
adolescencia deben abordarse prioritariamente desde la lógica policial y no
desde la lógica educativa y social.
Eso
constituye un fracaso colectivo.
La
prevención auténtica no se construye desde la autoridad coercitiva, sino a
partir del vínculo educativo, la intervención comunitaria y el acompañamiento
profesional especializado. Esto exige voluntad política e inversión pública
suficiente por parte de las Consejerías de Educación de las comunidades
autónomas, orientada a la creación de plazas para educadoras y educadores
sociales en los centros educativos, y no a campañas de marketing institucional
en torno a figuras policiales artificialmente reconvertidas en agentes
educativos.
La pregunta
final es inevitable: si existen profesionales específicamente formados para
ello, ¿por qué se sigue delegando la prevención educativa en quienes ni tienen
esa formación ni poseen esa función legal?
Tal vez
porque todavía algunos políticos y técnicos, con responsabilidad en las
administraciones públicas, siguen “confundiendo” controlar con educar. Y son
cosas radicalmente distintas.

Comentarios
Publicar un comentario