La Educación Social no se defiende sola


Hay problemas que no se resuelven con pequeños retoques ni declaraciones de buenas intenciones. Exigen identificar qué impide avanzar y actuar sobre ello. En la mitología griega, Alejandro Magno resolvió el nudo gordiano no intentando deshacerlo hilo a hilo, sino comprendiendo que el problema estaba en el propio nudo. La Educación Social tiene hoy uno de esos nudos: la escasa colegiación de quienes, después de cuatro años de formación universitaria, obtienen su título y comienzan su trayectoria profesional al margen de los colegios de sus territorios.

No es el único problema de la Educación Social. Reclamamos mayor reconocimiento institucional, mejores condiciones laborales, presencia en las políticas públicas, regulación profesional, lucha contra el intrusismo y un espacio propio en los sistemas de protección social. Todo ello es legítimo y necesario. Pero resulta difícil entender que, al mismo tiempo, una parte importante de quienes ejercen la profesión se mantenga al margen de una de las principales estructuras creadas para defender esos intereses.

Aquí existe una contradicción. No podemos reclamar una profesión fuerte y comportarnos como si la profesión fuera únicamente un asunto individual. No podemos exigir que las administraciones reconozcan nuestras competencias, respeten nuestras funciones o combatan el intrusismo y, cuando llega el momento de sostener las estructuras que defienden todo eso, considerar la colegiación algo secundario.

La respuesta no puede ser siempre «el colegio». Porque el colegio somos también quienes formamos parte de él. Una organización profesional no es una entidad externa que existe para resolvernos los problemas mientras permanecemos al margen. Su capacidad de representación e incidencia depende de las personas que la integran, la sostienen y participan en ella.

Y aquí conviene ser críticos con las nuevas generaciones. Hemos construido una cultura profesional excesivamente individualista. Se reclaman con legitimidad estabilidad, reconocimiento, mejores salarios, conciliación y derechos profesionales, pero se olvida que muchos son fruto de años de organización, reivindicación, negociación y trabajo colectivo. Parece que queremos los derechos de una profesión organizada sin asumir siempre las obligaciones que implica formar parte de ella.

No se trata de culpabilizar al alumnado ni de responsabilizar exclusivamente a quienes terminan el Grado. Pero sí de pedir algo más que una incorporación al mercado laboral. El título universitario no debería marcar el final de la formación profesional, sino el comienzo de una responsabilidad con la profesión. Quien termina cuatro años de estudios debería conocer qué profesión ha elegido, qué organización profesional existe en su territorio, qué papel desempeña y cómo puede contribuir a construir la Educación Social.

Aquí la universidad tiene una responsabilidad enorme. Durante cuatro años se enseñan teorías, metodologías, técnicas y competencias, pero no siempre se presta la misma atención a la identidad profesional. El alumnado debería conocer el papel de los colegios, la deontología, la defensa de las competencias, la lucha contra el intrusismo y los mecanismos de participación. No parece razonable completar un Grado y llegar al mercado laboral sin haber tenido prácticamente contacto con el colegio profesional del territorio.

Pero tampoco podemos esperar que el alumnado llame espontáneamente a su puerta. Los colegios tienen que hacer autocrítica. Si queremos aumentar la colegiación, no basta con informar sobre cuotas y servicios. Hay que demostrar qué cambia en la profesión gracias a su existencia.

Los colegios disponen de herramientas potentes: interlocución con las administraciones, participación en órganos consultivos, informes y propuestas, presencia en procesos normativos, relaciones con universidades, asesoramiento, formación y capacidad para construir comunidad profesional. ¿Por qué no establecer un itinerario de transición entre universidad y ejercicio profesional? ¿Por qué no desarrollar programas con las facultades, acompañamiento y mentorización para quienes comienzan a ejercer y espacios de encuentro y orientación?

Y, sobre todo, hay que demostrar la utilidad colectiva de la colegiación. Si un colegio consigue modificar una convocatoria para reconocer adecuadamente la Educación Social, incorporar la figura profesional a un servicio o intervenir ante una administración por un caso de intrusismo, debe explicarlo. La colegiación no puede defenderse únicamente por lo que el colegio ofrece al profesional, sino por lo que las profesionales organizadas pueden conseguir juntas.

También necesitamos reforzar la cooperación territorial a través del Consejo General de Colegios de Educadoras y Educadores Sociales. No para uniformizar realidades diferentes, sino para compartir conocimiento, estrategias y herramientas. Si un colegio desarrolla una buena estrategia contra el intrusismo, otro no debería empezar desde cero. Hace falta más cooperación territorial y más inteligencia colectiva.

Pero los colegios tampoco pueden sostener indefinidamente su actividad sobre el esfuerzo voluntario de unas pocas personas. No podemos exigir estructuras profesionales fuertes, interlocución, asesoramiento, formación y defensa de la profesión mientras una parte de quienes se benefician de ese trabajo decide no participar. Hay algo profundamente injusto en pedir que unas pocas sostengan una estructura que debería ser responsabilidad de muchas.

Quizá hemos insistido demasiado en qué puede ofrecer el colegio y demasiado poco en qué podemos aportar a la profesión. La pregunta no debería ser únicamente «¿qué me da el colegio a cambio de mi cuota?», sino también «¿qué profesión quiero encontrar dentro de veinte años y qué estoy dispuesta a hacer hoy para construirla?».

Colegiarse no debería ser simplemente pagar una cuota. Una profesión fuerte necesita profesionales colegiadas, pero también participativas, críticas y exigentes con sus propias organizaciones. Los colegios no son organizaciones de «otras». Son nuestras organizaciones. Si no funcionan suficientemente bien, habrá que exigir que funcionen mejor; si están alejadas de las nuevas generaciones, habrá que transformarlas. Pero mantenerse al margen y después reclamar que sean más fuertes difícilmente puede ser la solución.

Quizá el verdadero nudo gordiano de la Educación Social sea esa contradicción entre una profesión que aspira a una fuerte dimensión colectiva y unas profesionales que, demasiadas veces, se miran su propio ombligo.

Por eso, la pregunta ya no debería ser solo por qué la Educación Social no ocupa el lugar que merece, sino qué estamos haciendo cada uno para conseguirlo. La universidad debe asumir su responsabilidad en la construcción de una identidad profesional sólida. Los colegios tienen que ser más útiles, cercanos, abiertos y capaces de demostrar su incidencia. El Consejo General debe fortalecer la cooperación entre territorios. Y las nuevas generaciones deben asumir que recibir un título no les convierte únicamente en profesionales con derechos, sino también en responsables del futuro de la profesión que han elegido.

Quizá debamos empezar a hablar de la colegiación no como el último trámite administrativo después de terminar la carrera, sino como el primer acto de compromiso político y responsabilidad profesional.

Alejandro Magno no deshizo el nudo gordiano. Lo cortó. Tal vez la Educación Social necesite hacer algo parecido: dejar de buscar explicaciones infinitas a la escasa colegiación, dejar de trasladar toda la responsabilidad a los colegios y dejar también de justificar permanentemente la falta de compromiso de quienes llegan a la profesión. Tenemos herramientas, organizaciones, universidades, experiencia y profesionales con capacidad. Lo que falta, demasiadas veces, es convertir todo eso en una estrategia colectiva.

Si queremos una profesión fuerte, tenemos que estar dispuestas a construirla. El nudo gordiano de la Educación Social no se resolverá esperando que otras actúen. Habrá que cortarlo. Y quizá el primer corte sea tan sencillo —y tan incómodo— como este: colegiarse, participar y asumir que la defensa de una profesión también es responsabilidad de quien acaba de entrar en ella.

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