Las venas abiertas siguen sangrando
Los
recientes acontecimientos en Venezuela, marcados por un ataque directo de
Estados Unidos en territorio venezolano y la detención forzada del
presidente Nicolás Maduro y su mujer Cilia Flores por fuerzas estadounidenses,
constituyen un punto de inflexión en la historia contemporánea de América
Latina. Estos hechos, ejecutados sin respeto por el derecho internacional ni
por la soberanía de un Estado, no pueden entenderse como una excepción,
sino como la expresión más reciente de una larga tradición de
intervencionismo en la región. En este sentido, Las venas abiertas de
América Latina de Eduardo Galeano vuelve a adquirir plena vigencia como
marco interpretativo para comprender lo ocurrido.
Galeano
sostuvo que América Latina ha sido históricamente tratada como un territorio
disponible, un espacio sobre el cual EE.UU. y Europa, principalmente, han
proyectado su poder económico, político y militar para garantizar sus propios
intereses. Desde la colonización hasta el siglo XXI, el continente ha sufrido
una constante vulneración de su soberanía. El ataque estadounidense contra
Venezuela y la detención de su actual presidente confirman esta lógica: cuando
los intereses estratégicos están en juego, la autodeterminación de los pueblos
queda relegada.
La violación
explícita del derecho internacional que supone el uso de la fuerza contra
un Estado soberano y la detención de un jefe de Estado no es un hecho aislado.
Representa la consolidación de un orden internacional profundamente
asimétrico, en el que algunas potencias actúan por encima de las normas que
exigen al resto. Este doble rasero fue denunciado por Galeano como uno de los
pilares del sistema de dominación global: la legalidad funciona como un
instrumento de poder, no como un principio universal.
El
intervencionismo estadounidense en América Latina ha sido una constante
criminal. Golpes de Estado, invasiones, financiamiento de dictaduras y
guerras civiles han devastado a la región durante más de un siglo, dejando
miles de personas muertas, desaparecidas y comunidades traumatizadas. Desde
Panamá hasta Nicaragua, El Salvador, Chile y Argentina, Estados Unidos ha
impuesto gobiernos serviles y ha condicionado el destino político de los
pueblos, sin respetar leyes ni soberanía. Este intervencionismo no es un
error ni un accidente: es una política deliberada de dominación y saqueo,
una forma moderna de colonialismo que sigue violando derechos fundamentales
y arrebatando la autodeterminación de América Latina.
Lo ocurrido
en Venezuela se inscribe, además, en una historia conocida de intervenciones
estadounidenses en la región. Panamá en 1989, con la invasión y captura de
Manuel Noriega; Granada en 1983; la República Dominicana en 1965; o los
reiterados intentos de derrocamiento del gobierno cubano desde 1959, son
ejemplos de cómo la fuerza ha sido utilizada para reconfigurar gobiernos y
someter decisiones soberanas. Venezuela aparece así no como una anomalía,
sino como la continuidad de una práctica histórica que Galeano documentó
con claridad.
En esta
misma lógica se sitúan las dictaduras militares del Cono Sur,
particularmente en Chile y Argentina, donde el intervencionismo
estadounidense durante la Guerra Fría jugó un papel decisivo. El golpe de
Estado de 1973 contra Salvador Allende y el respaldo a la dictadura de Pinochet,
así como el apoyo político y militar a la junta argentina instaurada en 1976,
formaron parte de una estrategia regional orientada a eliminar proyectos
políticos considerados incompatibles con los intereses de Washington,
incluso al precio de desapariciones forzadas, tortura y terrorismo de Estado.
Galeano subrayó que estas dictaduras no fueron accidentes nacionales, sino piezas
de un engranaje continental de dominación.
Un capítulo
igualmente revelador fue el de Centroamérica en los años ochenta, donde
el triunfo del gobierno sandinista en Nicaragua en 1979 provocó una
respuesta directa de Estados Unidos para impedir que ese modelo se extendiera a
la región. En El Salvador, Washington respaldó política, económica y
militarmente a gobiernos responsables de graves violaciones de derechos humanos
durante la guerra civil, en su enfrentamiento contra el FMLN. Miles de millones
de dólares en ayuda militar fueron destinados a sostener un régimen alineado
con los intereses estadounidenses, consolidando lo que Galeano describió como
una política de contención ideológica mediante la violencia, donde la
defensa del “orden” justificó masacres y represión sistemática.
El histórico
intervencionismo extranjero y la vulneración de soberanía han creado un terreno
propicio para el surgimiento de líderes ultraderechistas, como Milei en
Argentina y Kast en Chile. Estos políticos capitalizan la desigualdad, la
polarización y el miedo al cambio social, ofreciendo discursos que refuerzan un
orden económico y político favorable a las élites y a intereses extranjeros.
Este fenómeno no es solo un asunto local: el fortalecimiento de la
ultraderecha en la región beneficia directamente a Trump y a su agenda
geopolítica, ya que gobiernos o movimientos afines facilitan la integración
de América Latina en un modelo de subordinación económica y política a Estados
Unidos, consolidando mercados favorables, recursos estratégicos accesibles y
apoyos políticos para futuras intervenciones o presiones internacionales. En
este sentido, la ultraderecha regional funciona como un instrumento indirecto
de la política estadounidense, perpetuando los patrones de dominación que
Galeano denunció como constitutivos de las “venas abiertas” de América
Latina.
En Las
venas abiertas de América Latina, el subdesarrollo es explicado como la consecuencia
directa de un modelo de dominación, no como un fallo interno aislado.
Venezuela, poseedora de las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, ha
sido durante décadas un objetivo estratégico. El ataque estadounidense y la
detención de su presidente no pueden separarse de esta realidad: la disputa
por los recursos y por la orientación política del país está en el centro del
conflicto.
Galeano
nunca absolvió a los gobiernos ni a las élites locales de responsabilidad.
Denunció la corrupción, el autoritarismo y la complicidad interna como parte del
problema. En el caso venezolano, existen errores y responsabilidades internas
evidentes que han contribuido a la crisis económica y social. Sin embargo, la
intervención militar extranjera no corrige esos problemas, sino que los
instrumentaliza, negando al pueblo venezolano el derecho a resolver su
destino sin imposiciones externas.
Lo sucedido
en Venezuela demuestra que las “venas abiertas” de América Latina siguen
sangrando. No solo por la extracción de recursos, sino por la negación
sistemática de la soberanía y por la normalización de la idea de que
algunos países pueden ser intervenidos por la fuerza. Como advirtió Galeano,
mientras esta lógica persista, la región seguirá atrapada en un ciclo de
dependencia y subordinación.

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