El error político de olvidar a quienes construyen el desarrollo rural
La reciente
aprobación de la II Estrategia Nacional para la Equidad Territorial y el Reto
Demográfico, impulsada por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto
Demográfico, debería ser motivo de satisfacción para quienes llevamos décadas comprometidas
con el desarrollo del medio rural. Que el Estado sitúe la cohesión territorial
y la lucha contra la despoblación entre las grandes prioridades de la agenda
política constituye, sin duda, una noticia positiva y un paso necesario.
Sin embargo,
una lectura detenida del documento deja un sabor profundamente agridulce.
La
Estrategia identifica con acierto muchos de los desafíos que afronta el medio
rural. Habla de gobernanza, de desarrollo económico, de emprendimiento, de
innovación, de acceso a los servicios públicos, de vivienda, de igualdad de
oportunidades, de cultura, de sostenibilidad y de participación ciudadana. El
diagnóstico, en términos generales, es acertado.
Pero una
estrategia no se mide únicamente por la calidad de su diagnóstico. Se mide, sobre
todo, por su capacidad para identificar quién debe convertir esas prioridades
en una realidad sobre el territorio.
Y es
precisamente ahí donde aparece una ausencia tan sorprendente como preocupante: los
grupos de acción local.
Resulta
paradójico que un documento de más de 180 páginas dedicado a combatir la
despoblación apenas reserve un papel protagonista a quienes llevan más de tres
décadas trabajando, precisamente, para combatirla.
Porque
conviene recordar una evidencia que a menudo se olvida.
Mucho antes
de que el reto demográfico ocupara titulares, ministerios o estrategias
nacionales, los grupos de acción local ya estaban impulsando el desarrollo del
medio rural. Mucho antes de que se hablara de gobernanza multinivel,
participación ciudadana, innovación territorial o desarrollo sostenible, ya aplicaban
sobre el terreno la metodología LEADER promovida por la Unión Europea.
Durante más
de treinta años han acompañado a personas emprendedoras, apoyado a pequeñas
empresas, recuperado patrimonio, impulsado proyectos culturales y turísticos,
fortalecido el tejido asociativo, promovido la innovación social y económica y
tejido alianzas entre administraciones, empresas y sociedad civil. Han dado vida
al medio rural. Han dado esperanza.
Los grupos
de acción local no hablan desde la teoría. Hablan desde la experiencia.
Lo más llamativo
es que la propia Estrategia reconoce ese bagaje. Reconoce expresamente la
contribución de los grupos de acción local al aprendizaje acumulado de las
políticas frente al reto demográfico. También les atribuye capacidad para
aportar capilaridad territorial, coordinación supramunicipal y dinamización del
territorio, junto a otros actores sociales.
Entonces
surge una pregunta inevitable.
Si el propio
Gobierno reconoce que los grupos de acción local constituyen una herramienta
eficaz, con implantación territorial y una experiencia ampliamente contrastada,
¿por qué no les reserva un papel estratégico y preferente en el desarrollo e
implementación de esta Estrategia?
Porque ese
es el verdadero problema.
No se trata
de aparecer mencionados en un documento.
Se trata de
asumir responsabilidades.
Se trata de
que la gobernanza territorial deje de ser un concepto recurrente para
convertirse en un modelo real en el que quienes conocen el territorio
participen activamente en la planificación, coordinación y ejecución de las
políticas públicas.
La
Estrategia habla constantemente de participación, cooperación y coordinación
institucional. Defiende un enfoque territorial integrado y la necesidad de
construir políticas desde la proximidad. Sin embargo, cuando desciende al
terreno de la gobernanza, vuelve a reproducir un esquema excesivamente
institucional, en el que las administraciones ocupan el centro del modelo y los
actores que llevan décadas dinamizando el territorio quedan relegados a un
papel secundario.
Es un error.
Y no lo es
por una cuestión de reconocimiento institucional.
Lo es porque
supone desaprovechar la mayor red de desarrollo territorial que existe en
nuestro país.
Los más de 250
grupos de acción local constituyen una estructura consolidada, con equipos
técnicos especializados, implantación comarcal, capacidad de cooperación
público-privada y un profundo conocimiento de la realidad económica y social de
cada territorio.
No existe
otra organización con semejante capilaridad en el medio rural.
No existe otra que conozca mejor las fortalezas, necesidades y oportunidades de nuestras comarcas.
Y pocas pueden acreditar una trayectoria tan extensa impulsando proyectos que generan empleo, fijan población y mejoran la calidad de vida en nuestros pueblos.
Pero hay una cuestión que la lectura de esta Estrategia deja inevitablemente sobre la mesa. Si el reto demográfico constituye uno de los grandes desafíos de país, ¿hasta qué punto existe una verdadera coordinación entre los departamentos del Gobierno llamados a afrontarlo?
El desarrollo rural nunca ha sido una política sectorial. Su éxito ha residido, precisamente, en su capacidad para integrar políticas agrarias, económicas, sociales, ambientales y territoriales bajo una misma visión. Esa transversalidad exige diálogo permanente, cooperación institucional y una estrategia compartida entre ministerios. Sin embargo, la lectura de este documento transmite la sensación de que esa interlocución ha sido, cuando menos, insuficiente.
Los grupos de acción local desarrollan su actividad en el marco de las políticas de desarrollo rural impulsadas por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Pero su trabajo diario responde, de forma directa, a muchos de los objetivos que persigue el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico: combatir la despoblación, fortalecer la cohesión territorial, impulsar el emprendimiento, favorecer la innovación, dinamizar el tejido social y generar oportunidades para fijar población.
Resulta difícil entender que una herramienta que lleva más de tres décadas contribuyendo a esos objetivos apenas encuentre un espacio relevante en una Estrategia Nacional concebida precisamente para alcanzarlos. Da la impresión de que el desarrollo rural sigue considerándose una política vinculada exclusivamente a agricultura, mientras que el reto demográfico transita por un camino paralelo bajo el paraguas de transición ecológica. Y esa separación resulta artificial, porque el territorio no entiende de organigramas ministeriales.
Quizá la gran pregunta que deja este documento no sea únicamente por qué los grupos de acción local ocupan un papel tan discreto, sino si ambos departamentos han sido capaces de construir una visión verdaderamente compartida sobre cómo afrontar el desafío demográfico en nuestro país. Porque la despoblación no se resolverá desde compartimentos estancos. Exige políticas coherentes, coordinadas y complementarias. Cuando esa coordinación falla, quienes pierden no son los ministerios. Quien pierde es el medio rural. Y esta Estrategia, lamentablemente, transmite la sensación de haber desaprovechado una magnífica oportunidad para demostrar justamente lo contrario.
Por otra
parte, resulta especialmente preocupante que esta Estrategia se apruebe
precisamente cuando Europa debate el futuro de la Política Agraria Común y del
próximo Marco Financiero Plurianual 2028-2034. La reforma actualmente en
discusión abre una incertidumbre sin precedentes sobre la continuidad del
programa LEADER y sobre la financiación específica destinada al desarrollo
local participativo, poniendo en cuestión un modelo que durante más de treinta
años ha demostrado su eficacia.
En este
contexto, cabría esperar que España aprovechara la aprobación de esta
Estrategia Nacional para lanzar un mensaje político inequívoco en defensa de
los grupos de acción local y del enfoque LEADER, reivindicándolos como una
herramienta estratégica para afrontar el reto demográfico. Sin embargo, el
documento opta por una posición excesivamente discreta, otorgándoles un papel
secundario precisamente cuando más necesario sería reforzar su legitimidad
institucional y defender su continuidad.
La mejor
manera de defender el desarrollo local participativo en Europa no es únicamente
negociando en Bruselas.
También lo
es reconociéndolo, fortaleciéndolo y situándolo en el lugar que merece dentro
de las políticas nacionales.
Y esa
oportunidad, lamentablemente, también se ha perdido.
Porque la
despoblación no se combate únicamente con estrategias, diagnósticos o
declaraciones de intenciones.
Se combate
confiando en el territorio.
Confiando en
quienes llevan décadas demostrando que el desarrollo rural funciona cuando se
construye desde abajo, con participación, cooperación y liderazgo local.
El problema
de esta Estrategia no es únicamente que mencione poco a los grupos de acción
local.
El verdadero
problema es el modelo de gobernanza que proyecta.
Una vez más,
el Estado parece confiar más en las estructuras administrativas que en las
estructuras territoriales que llevan décadas demostrando su eficacia. Y esa es,
probablemente, la mayor debilidad de esta Estrategia.
Porque la
despoblación no se resolverá desde un ministerio, por acertadas que sean sus
políticas. Se resolverá desde las comarcas, desde los municipios y desde
quienes conocen el territorio, generan confianza y convierten las estrategias
en proyectos reales.
Si España
quiere afrontar con éxito el mayor desafío territorial de las próximas décadas,
necesita dejar de considerar a los grupos de acción local como meros
colaboradores y empezar a reconocerlos como lo que realmente son: socios
estratégicos del Estado en la construcción del futuro del medio rural.
Mientras eso no ocurra, cualquier estrategia nacional nacerá con una contradicción de origen: pretender transformar el territorio sin otorgar un papel protagonista a quienes llevan más de treinta años transformándolo.

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