Cuando la infancia se convierte en arma política
Hay
decisiones políticas que pueden ser discutidas desde la discrepancia ideológica
o desde las distintas formas de entender la gestión pública. Sin embargo, hay
otras que nos obligan a preguntarnos qué principios estamos dispuestos a
preservar como sociedad cuando las circunstancias se complican. La decisión de
la Junta de Castilla y León de oponerse «frontalmente» a la acogida de niños,
niñas y adolescentes migrantes no acompañados procedentes de Ceuta pertenece, a
mi juicio, a esta segunda categoría, porque detrás de una discusión que puede
presentarse como una cuestión de recursos, competencias o distribución
territorial estamos hablando, en realidad, de niñas, niños y adolescentes que
se encuentran solos y bajo la responsabilidad de las administraciones públicas.
No estamos
ante una posición circunstancial. El rechazo forma parte del acuerdo de
gobierno alcanzado entre el Partido Popular y Vox en Castilla y León, que
contempla la oposición a la acogida de nuevos menores extranjeros no
acompañados y el compromiso de utilizar todos los medios legales, jurídicos y
políticos para impedir su reparto. Conviene recordarlo porque no resulta
suficiente atribuir esta posición exclusivamente a Vox. El Partido Popular ha
decidido gobernar con esta formación y ha asumido determinados compromisos de
su socio. Cuando se firma un acuerdo de gobierno, también se asumen sus
consecuencias.
Podemos y
debemos mantener un debate serio sobre inmigración, sobre el control de las
fronteras, sobre la necesidad de establecer vías legales y seguras, sobre la
responsabilidad de la Unión Europea o sobre los recursos que el Estado debe
poner a disposición de las comunidades autónomas. Podemos reclamar una mejor
planificación y cuestionar los criterios utilizados para distribuir a los y las
menores entre territorios. Todo eso es legítimo. Lo que resulta mucho más
difícil de justificar es utilizar esas discrepancias para cuestionar la
obligación de proteger a quienes, por encima de cualquier otra consideración,
son menores de edad.
Si Castilla
y León carece de recursos suficientes, la respuesta debería ser reclamar más
financiación, aumentar las plazas, incorporar profesionales y reforzar el
sistema de protección. Si la distribución territorial es mejorable, habrá que
negociarla. Si los centros están saturados, habrá que buscar soluciones. Eso es
gestionar. Pero existe una diferencia fundamental entre decir que no disponemos
de medios suficientes y decir que no queremos acogerlos. En el primer caso
existe un problema que debe resolverse; en el segundo, se corre el riesgo de
convertir a las personas en el problema.
Resulta
especialmente preocupante que desde la propia Vicepresidencia de la Junta de
Castilla y León se haya defendido que la atención a estos menores no es
asumible por una cuestión de «principios». Porque si hablamos de principios,
deberíamos preguntarnos qué principio puede situarse por encima de la
protección de un ser humano que se encuentra solo. Su nacionalidad, su origen o
la forma en que haya llegado hasta España no deberían determinar si merece o no
nuestra protección.
También
debemos prestar atención al lenguaje. Cuando desde determinadas posiciones
políticas se habla de «inmigración ilegal», de «crisis de seguridad» o de
«oposición frontal» a la acogida, existe el riesgo de que las personas desaparezcan
detrás de las categorías políticas. Un adolescente deja entonces de ser visto
como un menor que necesita protección y pasa a convertirse en una pieza dentro
de un discurso construido alrededor de la frontera, la seguridad y la
inmigración. Las palabras importan, especialmente cuando proceden de
responsables institucionales, porque pueden determinar quién merece nuestra
empatía y quién debe ser presentado como una amenaza.
La
contradicción resulta todavía más evidente en una comunidad como Castilla y
León. Llevamos años hablando de despoblación, de envejecimiento, de colegios
que pierden alumnado, de empresas que necesitan personal y de pueblos que
necesitan familias y nuevos proyectos de vida. Desde las instituciones se
reclama población joven y se diseñan políticas para atraer nuevas personas
pobladoras. Sin embargo, al mismo tiempo, determinados discursos presentan a
jóvenes procedentes de otros países como un problema.
¿En qué
quedamos?
Si nuestros
pueblos necesitan población, deberíamos ser capaces de entender que la llegada
de nuevos vecinos puede convertirse también en una oportunidad. No basta con
atraer población; hay que ser capaces de integrarla, ofrecer vivienda,
educación, formación, empleo y oportunidades. Y Castilla y León, que conoce
perfectamente lo que significa emigrar, debería tener una especial sensibilidad
hacia quienes llegan a un territorio buscando una oportunidad para construir su
vida.
Durante
décadas, miles de personas jóvenes abandonaron los pueblos de Castilla y León para
buscar oportunidades en otras ciudades, comunidades autónomas o países. Muchas
fueron acogidas lejos de su tierra y pudieron desarrollar allí sus proyectos de
vida. Quizá esa experiencia debería ayudarnos a comprender que detrás de cada
proceso migratorio hay una persona, unas circunstancias y, muchas veces, la
necesidad de empezar de nuevo.
Por eso
resulta difícil aceptar que la solidaridad territorial se convierta en una
cuestión de conveniencia política. Cuando Ceuta se encuentra desbordada y
necesita la colaboración de otras administraciones para atender a los y las
menores que están bajo su tutela, la respuesta debería ser la cooperación. No
porque las comunidades autónomas tengan que aceptar sin discusión cualquier
decisión del Gobierno central, sino porque el Estado autonómico se sustenta
también en la responsabilidad compartida.
La paradoja
es evidente: una ciudad autónoma gobernada por el Partido Popular reclama
solidaridad porque no puede asumir por sí sola la atención de todos los niños,
niñas y adolescentes migrantes no acompañados, mientras gobiernos autonómicos
del mismo partido, aliados con Vox, anuncian su oposición a asumir parte de esa
responsabilidad. La solidaridad no puede funcionar únicamente cuando la
necesitamos nosotros.
Y detrás de cada
cifra hay una persona. Podemos hablar de plazas, recursos, porcentajes o
menores atendidos porque necesitamos esos datos para planificar las políticas
públicas, pero ninguna estadística debería hacernos olvidar que estamos
hablando de niñas, niños y adolescentes que, en muchos casos, han dejado atrás
a sus familias y se encuentran solos en un país desconocido.
Podemos
defender unas fronteras seguras y una inmigración ordenada. Podemos exigir a
Europa una política migratoria más eficaz y reclamar al Estado más recursos.
Todo ello es perfectamente compatible con proteger a la infancia que ya se
encuentran bajo responsabilidad de las instituciones españolas. Presentar ambas
cuestiones como incompatibles responde más a una estrategia política que a una
verdadera necesidad de gestión.
Por eso el
problema no está únicamente en Vox, aunque su discurso haya contribuido a
desplazar los límites de lo que consideramos aceptable en el debate político.
El problema está también en la normalización de ese discurso por parte del
Partido Popular, que ha decidido incorporarlo a un acuerdo de gobierno. Cuando
una posición que inicialmente podía parecer propia de la extrema derecha acaba
convirtiéndose en una política institucional, deja de ser una simple
provocación y pasa a formar parte de las decisiones que afectan a nuestra
sociedad.
Gobernar
significa también asumir responsabilidades cuando las circunstancias son
difíciles, proteger a quienes tienen menos capacidad para defenderse y
garantizar derechos incluso cuando hacerlo no proporciona réditos políticos.
Una democracia se mide, en buena medida, por la forma en que trata a quienes
carecen de poder para hacerse escuchar.
No podemos
construir una sociedad más segura haciendo más vulnerables a quienes ya lo son.
Tampoco podemos construir un medio rural con futuro señalando como amenaza a
jóvenes que podrían convertirse en nuevos vecinos. Y mucho menos podemos
defender los derechos de la infancia mientras aceptamos que algunos niños y
niñas merecen protección y otros deben quedar fuera de ella por su nacionalidad
o por la forma en que llegaron hasta aquí.
Quizá la
pregunta no debería ser únicamente cuántos menores estamos dispuestos a acoger,
sino qué sociedad queremos ser. Una sociedad que convierte a los más
vulnerables en instrumentos de confrontación política o una sociedad que,
incluso cuando existen dificultades, mantiene intacta su capacidad para
proteger a quienes más lo necesitan.
Los derechos
de la infancia no tienen nacionalidad. Y la humanidad tampoco debería tenerla.

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