sábado, 28 de enero de 2017

A ostia limpia



Aquellas frías mañanas de invierno de finales de los 70 me costaba levantarme de la cama para ir al colegio. Las legañas incrustadas impedían abrir mis pequeños ojos. Salir de la cama era una aventura para valientes ya que en casa no había calefacción. Teníamos que vestirnos rápidamente e ir a toda velocidad por el pasillo, al final nos esperaba la cocina con ´la bilbaína´ encendida, que nos hacía volver a ser personas. El olor a carbón y a leña aderezaba nuestros desayunos infantiles.

Los años de transición política y metamorfosis social fueron revueltos en todos los sentidos. Nuestros padres y abuelos contaban que entrabamos en una nueva dimensión, en un nuevo paradigma de libertades y derechos que no conocían, quizás había un poco de miedo a los cambios que se avecinaban.

No lo entendía muy bien, era un niño. Jugaba casi todo el día y vivía en la calle permanentemente. No había videoconsolas y solo teníamos dos canales de televisión. Una televisión en blanco y negro, casi como la realidad que algunos días vivíamos en el colegio. Fuimos una generación donde se banalizó la violencia de algunos profesores hacía a algunos niños. Todo se suavizaba y quedaba sentenciado con la frase que repetía tu microcosmos: ‘Algo habrás hecho’. Vivimos los estertores de la máxima: ‘La letra con sangre entra’. En esta agonía hubo víctimas.

Viví en primera persona como repartían ostias a compañeros en clase, alguna vez también me tocó a mí. Sí, con la mano abierta en toda la cara, en la espalda, en la cabeza… Arrinconados y muertos de miedo. Llorando y gritando. El resto, éramos espectadores de una danza dantesca. En primera fila, veíamos como uno de los nuestros, un niño de nuestra edad era vapuleado por un adulto. Nos contaron que ese adulto era un maestro. La autoridad, decían. Atónitos, en silencio y acojonados, tragábamos saliva sin respirar. Nunca sabías si tú ibas a ser el siguiente. Aquello era una ruleta rusa.

Este tipo de situaciones jamás fueron denunciadas por nadie. Silenciadas, formaron parte de la realidad oculta de aquella escuela de la transición. Fueron años de dualidad, mientras unos adultos salían a la calle con pancartas, gritando por la libertad y la defensa de los derechos democráticos, otros, los encargados de enseñar a las nuevas generaciones - muchos ellos de la vieja escuela, hijos del régimen se resistían a esa libertad - se dedicaron a soltar guantazos a diestro y siniestro con total impunidad a los niños que ahora vamos entrando en la cincuentena.

Recuerdo, que por aquel entonces, el profesor de 3º de EGB, que fumaba como un carretero delante de nosotros, no tenía costumbre de pegar con la mano abierta. Para ese fin, solía utilizar una regla muy fina de plástico. Con ella te soltaba unos latigazos en las manos que el dolor te duraba una semana. Una mañana llamó a la palestra (un santuario adornado con un crucifijo y la foto de Franco) a un compañero que debía estar molestando. Este extendió la mano lo más que pudo (decían que si extendías y ponías la mano tiesa, te dolía menos) y el profesor con todas su ganas estampó la regla en aquella mano de un niño, que por aquel entonces tenía 8 años. ¡Algo debió ocurrir! Cuando la regla golpeó aquella mano se partió en dos, cayendo uno de los trozos al suelo de la clase. Confusos y con los ojos fuera de nuestras orbitas gritamos todos juntos: ¡¡¡Biiiiieeeeeeeeennnnn!!! Aquella arma de tortura infantil había llegado al fin de sus días. De repente, por nuestros cuerpos y minúsculas almas recorrió una sensación de bienestar y tranquilidad que nunca habíamos vivido. Aquello que nos estaba jodiendo la vida desapareció para siempre.

jueves, 8 de diciembre de 2016

El ser y estar del educador/a social en el medio rural


Ser educador/a social en el medio rural es creer en el territorio, en la comunidad, en las personas y en sus potencialidades. Es apostar, sin postureos, en la transformación social y en la intencionalidad política y educativa de esta profesión. Trabajando desde la humildad del acompañamiento, desde el aprendizaje, desde los conflictos, desde los desafíos, desde la cooperación. (Re) construyendo las redes de apoyo mutuo y la identidad colectiva que el impacto de los valores urbanos y los medios de comunicación han ido calcinando paulatinamente. Promoviendo la recuperación de la memoria simbólica, como arma para potenciar la autoestima, la motivación, la resiliencia,…

Ser educador/a social en el medio rural es un acto de rebeldía, pero también de resistencia y lucha. Un acto para dar la espalda a la ciudad. Una ciudad endeudada, artificial, egoísta, insolidaria, ruidosa y transgénica. Una ciudad de gente sin casas y casas sin gente. Un acto para reivindicar de dónde venimos. Para buscar el origen y la esencia. Un acto para defender la vida, el agua, el oxígeno, el sol, las semillas, el patrimonio, los saberes, el paisaje, la identidad, el conocimiento, el silencio, … Un acto para iniciar pequeños procesos, pero significantes que promuevan el rescate de la dignidad de las personas que resisten ante el olvido, la decadencia y la soledad.

Ser educador/a social en el medio rural es enfrentarse al abismo. A saltar sin red. A pasear por los escurridizos acantilados de la despoblación. A la sinrazón de la (des) ordenación del territorio diseñada por tecnócratas en despachos urbanos. Al cierre de consultorios médicos, de aulas unitarias, de tiendas de ultramarinos, de servicios educativos y culturales,… A la sangría permanente del talento. A recibir, sin protección, el impacto de tu eco vacío en tu cara. A resistir ante el ninguneo, los prejuicios, los imaginarios perversos que dicen que estamos muertos. A blindar las grietas por las que se desmantelan las culturas locales y campesinas, ya que las fauces de las grandes corporaciones del mercado alimenticio están al acecho, esperando pacientes y silenciosas la demolición programada de la agricultura y la ganadería.

Ser educador/a social en el medio rural es trabajar con la infancia, pero también con sus familias, proyectando una postura no conformista frente al mundo. Iniciando y acompañando procesos de interpelación y reflexión de la propia comunidad. Fomentado valores como; esperanza, solidaridad, confianza en sí mismo/a, sensibilidad humana, indignación ante las injusticias, capacidad para soñar, coherencia, alegría de vivir y de luchar por la vida, compromiso,…

Ser educador/a social en el medio rural es soñar que es posible vivir con dignidad en los pueblos, por muy minúsculos que estos sean, y que no sólo es posible vivir en ellos; sino, que la sociedad del s. XXI, para tener futuro, tendrá que volver la mirada al espacio-territorio rural. El presente y el futuro es la tierra.

Fotografía de Juan Mellado Moreno

martes, 4 de octubre de 2016

En el oscuro abismo en que me mezo


La mañana del pasado 23 de abril me ametralló el cerebelo la frase que pronunció Marco Marchioni en el acto de cierre del VII Congreso Estatal de Educación Social en Sevilla: ‘Si no hacen política dejen de lloriquear’. Desde aquella jornada intensa en emociones, en discursos, en despedidas,… no hago más que preguntarme e intento buscar respuestas a las siguientes cuestiones:

¿Qué derechos humanos asisten a las personas sin trabajo, las desahuciadas, las que perciben la renta garantizada de ciudadanía, las que están en un ERE?

¿Qué derechos humanos tienen los que no pueden comprar comida y tienen ir a un comedor social? ¿Qué derechos humanos tienen los que solo pueden alimentarse con los productos que les entregan en un banco de alimentos? ¿Qué derechos humanos tienen las miles de familias que no pueden encender en invierno la calefacción de sus casas?

¿Qué derechos humanos tienen las que deben emigrar a otro país y rebuscar un futuro profesional, las que no pueden pagar las tasas universitarias, las que ya no perciben ningún tipo de ayuda o prestación?

¿Qué derechos humanos tienen las personas dependientes, las que fueron engañadas con las preferentes? ¿Qué derechos humanos tienen las niñas y los niños que la única comida que ingieren al cabo del día es la del comedor escolar?

¿Qué derechos humanos tenemos si la educación pública es constantemente desprestigiada? ¿Qué derechos humanos tienen todos aquellos a los que amordazaron con una hipoteca abusiva e ilegal? ¿Qué derechos humanos amparan un gobierno que saquea y vende la sanidad pública a una banda de sanguijuelas?

¿Qué derechos humanos tenemos en un país que destruye el Estado de Bienestar? ¿Qué derechos humanos amparan a un gobierno que rescata a los bancos y no a las personas? ¿Qué derechos humanos defiende un consejo de ministros que coloca cuchillas en sus fronteras?

¿Qué garantías existen en las democracias europeas si se vulneran sin vergüenza y escrúpulos los derechos fundamentales? ¿Es la democracia un sistema político que garantiza los derechos de todas las personas?

Estas preguntas hacen un retrato del desolador panorama sociopolítico de los últimos años en nuestro país. Ante esta realidad, sigo preguntándome: ¿Cuándo nos ponemos los educadores y las educadoras sociales al lado de las personas más vulnerables? Acaso, nuestra acción profesional ha caído al vacío, quedando anquilosada en el ayudismo, el asistencialismo o la caridad. Acaso, nosotras y nosotros somos un eslabón más de la cadena perversa que constituyen las políticas públicas. Esas que solo vulneran y mercantilizan con los derechos fundamentales.

¿Cuándo toca eso de ser agentes de cambio que transforman la realidad? Quizás nos estamos (seguimos) mirando nuestro propio ombligo, preocupados más por nuestras condiciones laborales o por esa falta de reconocimiento profesional que nunca llega. “Acomodados” a un entorno incómodo que no podemos modificar. ¿Cuándo vamos a dar ese paso adelante? ¿Cuándo vamos a dejar de “ayudar” a la gente para luchar y combatir las causas de los problemas que generan tanta desigualdad? ¿Cuándo vamos a enfocar con nitidez la realidad? ¿Cuándo vamos a demostrar con hechos y no con palabras que la educación social es un derecho de la ciudadanía?

Para terminar, permítanme que les recuerde algo. Entre otros argumentos, el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice textualmente: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

Y ahora díganme Uds. sí desmantelar paulatinamente el Estado de Bienestar, echar a la gente de sus casas, despedir a miles de trabajadoras y trabajadores, empobrecer a la ciudadanía, en definitiva conculcar los derechos básicos, no son motivos más que suficientes para provocar (organizar) una rebelión ciudadana contra los intereses de las políticas neoliberales y la tiranía de los mercados y multinacionales. ¿Cuándo nos vamos a arremangar -pero de verdad- para poner en práctica lo que nos define como profesión?

¿Hacía donde miran los/as profesionales de “lo social” cuando se vulneran constantemente los derechos a la vivienda, a la educación, a la sanidad, al trabajo,…? Será que tenemos puestas las luces cortas.

…no lo puedo evitar, pero a menudo cansado y agotado, me mezco en el oscuro abismo de la reflexión sobre mi práctica profesional. Ese precipicio. Esa parte recóndita del pensamiento que hace interpelarme, tratando de buscar los porqués, tratando de pasar de las palabras a los hechos…




Este post forma parte del ‘Carnaval de Blogs’, una actividad promovida por el
Col•legid'Educadores i Educadors Socials de Catalunya (CEESC), con motivo de la celebración del Día Internacional de la Educación Social 2016 y en el que se trata generar un dibujo de la situación actual de la profesión: "La educación social como garantía de los derechos de la ciudadanía".
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