viernes, 18 de enero de 2013

El final lo pones tú



Aquel día su jefe la llamó para que fuera a su despacho, le dijo que no sabría si de aquí en adelante podría pagarla el salario. No había garantías de nada. Le justifico que la situación de la empresa era complicada, que no había liquidez y que estaba a la espera de recibir unos ingresos que no se sabía cuándo podrían llegar.

Esa noche se marcho a la cama meditabunda, tratando de encontrar a los responsables de que ella, como tantas otras, trabaja y no cobra al llegar el fin del mes. Antes de conciliar el sueño, escuchaba en la radio un programa sobre la corrupción política, tertulianos hablaban de Matas, el Caso Gürtel, los dineros de Bárcenas en Suiza. Vamos la misma mierda de siempre. En aquella tertulia anunciaban que en pocas semanas se celebraría el debate sobre el estado de la nación.

A la mañana siguiente, aturdida, como si no quisiera despertar de su sueño, preparo un café muy cargado, encendió el primer cigarrillo del día y empezaron a aparecerla flases de su actividad onírica. Fotogramas desenfocados que parecían reales.

“…ya tengo el plan diseñado. Pero ahora, ¿tendré que comprar una pistola?. ¿Y dónde coño consigo yo una pistola?. Ahora lo recuerdo, le preguntaré aquella compañera del instituto, que andaba siempre metida en rollos raros. A ver si ella puede conseguirla. Joder, tendré que aprender a disparar. Bueno, ya buscaré la forma…”.

Mientras consumía su cigarrillo y daba otro sorbo largo de café, seguían apareciendo escenas en su cabeza. Escenas cada vez más nítidas.

“…he llegado a Madrid, ya son las 8.00 de la mañana. Voy a buscar la parada de metro más cercana. Sacaré el plano, estoy en Chamartín, a ver línea azul, creo que me bajaré en Sol e iré andando…”.

Las caladas eran cada vez más profundas. Un sudor frío empezó a recorrer todo su cuerpo.

“…pues para ser el día que es, no hay mucha policía delante del Congreso. Es lógico, la gente está cansada de tanto mamoneo. Las protestas no llevan a nada…. Buenos días, por favor, me permite el DNI y su acreditación, muy bien, puede continuar, muchas gracias. ¡¡¡Uff!!!, no me lo creo, estoy dentro…”.

Encendió otro cigarrillo, la temblaban las manos y las piernas. Había empapado el pijama que llevaba puesto. El café se había acabado.

“…a ver, este es el pasillo, y allí, la puerta de acceso al hemiciclo… oigo algo: Señor Presidente, Señoras y señores diputados, antes de nada quiero mostrar mi solidaridad a todas las personas que han perdido su empleo en el último año y a todas las familias que lo están pasando mal…”.

De repente, se despertó confundida. Se vio delante de la mesa de las estenotipistas con una pistola en la mano. Llegados a este punto, solo podía hacer una cosa para defender su dignidad: apuntar con precisión y apretar el gatillo.