El privilegio de quedarse
Durante mucho tiempo, nos han contado que si quieres progresar tienes que
irte a la ciudad. Madrid, Barcelona, Valencia
o Sevilla aparecen como el destino lógico,
casi obligatorio. Dicen que allí están las oportunidades, el futuro, la “vida
de verdad”. Mientras tanto, los pueblos quedaban asociados a lo antiguo, a lo
que se deja atrás.
Pero esa idea, tan repetida durante años, empieza a hacer aguas. Lo que
prometía ser una vía para mejorar ha terminado convirtiéndose, muchas veces, en
precariedad y en una sensación constante de no pertenecer a ningún sitio.
El abandono de los pueblos y de muchas ciudades pequeñas no ha ocurrido
porque sí. No es casualidad. Tiene mucho que ver con cómo se han diseñado las políticas
públicas. Por ejemplo, el sistema educativo ha empujado, sin decirlo
abiertamente, a que la gente joven se marche. Se les prepara para trabajos y
sectores que casi solo existen en grandes ciudades, sin pensar demasiado en
cómo ese conocimiento podría servir también en sus lugares de origen.
Estudiar se ha convertido, casi automáticamente, en sinónimo de irse. Y lo
más importante: irse no suele ser una decisión libre. Quedarse muchas veces
significa renunciar a mejores trabajos, a estabilidad o a un sueldo digno. Pero
marcharse tampoco es la solución: te encuentras con ciudades saturadas,
competencia feroz y condiciones laborales precarias.
Porque la vida en la ciudad ya no es lo que era. Esa idea de estabilidad —un
buen trabajo, horarios claros, poder ahorrar— se ha ido desdibujando. Hoy,
mucha gente joven vive compartiendo piso, pagando alquileres altísimos y
encadenando contratos temporales. El trabajo sigue siendo duro, aunque ya no
desgaste tanto el cuerpo: ahora agota la cabeza, exige estar siempre disponible
y te deja con la sensación de no desconectar nunca.
Mientras tanto, las ciudades se vuelven cada vez más difíciles para quienes
las sostienen. Entre el turismo masivo y la especulación, encontrar vivienda
asequible es cada vez más complicado. La vida se encarece, todo va más rápido y
cuesta más construir vínculos. Al final, el bienestar se reduce a pequeños
momentos que apenas compensan el cansancio diario.
Y desde las políticas públicas, poco o nada se ha hecho para cambiar este
rumbo. Se sigue apostando por concentrar empresas y oportunidades en los mismos
sitios de siempre, en lugar de repartirlas mejor. Se habla mucho de
digitalización, pero sin asegurar algo tan básico como buena conexión en todo
el territorio o apoyo real para que la gente pueda quedarse.
El resultado es un círculo difícil de romper: los pueblos pierden población
joven y talento, eso reduce sus oportunidades, y eso hace que aún más gente se
marche. Y en medio, una generación que empieza a darse cuenta de que lo que le
prometieron no encaja con la realidad que vive.
Por eso cala tanto una frase de los chavales extremeños de Sanguijuelas del
Guadiana en la canción Revolá: “Suerte la tuya de poder vivir aonde
naces”. Porque dice algo muy simple pero muy potente: vivir donde has crecido,
cerca de tu gente, se ha convertido casi en un privilegio. Algo que debería ser
normal, ahora parece cuestión de suerte.
Frente a esto, empieza a surgir otra forma de pensar. Un deseo de volver o,
al menos, de no tener que irse. No se trata de idealizar los pueblos ni de
ignorar sus problemas, sino de reconocer que el modelo actual no funciona para
mucha gente.
Defender el derecho a vivir donde uno nace va mucho más allá de lo
emocional. Implica cambiar cómo se hacen las cosas: desde la educación hasta el
empleo, pasando por la vivienda o las infraestructuras. Significa crear
condiciones reales para que quedarse sea una opción viable, no una renuncia.
También supone cambiar la forma en que entendemos el éxito. No todo pasa por
irse a Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla. Quedarse también puede ser una
elección válida. Y, sobre todo, debería poder elegirse.
Hoy por hoy, esa libertad de elección sigue siendo bastante limitada. El
sistema empuja a salir y penaliza el arraigo. Y así, mientras unos pocos
lugares concentran casi todo, muchos otros se van quedando atrás.
Aun así, empiezan a verse pequeños cambios: nuevas formas de trabajar,
nuevas iniciativas, otra sensibilidad. Pero nada de esto va a suceder solo.
Hace falta intención, inversión y, sobre todo, voluntad política para
replantear el modelo.
Porque ignorar el problema no lo soluciona. Solo lo alarga en el tiempo. Y
una sociedad que obliga a la juventud a marcharse para poder vivir difícilmente
puede considerarse justa.

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