Cuando la innovación llega sin conocer el territorio

 


El pasado 25 de junio tuve la oportunidad de participar, invitado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, en el encuentro "Somos LEADERs", celebrado en Jerez de la Frontera. Organizado por el Ministerio, el evento reunió, por primera vez, a más de 300 representantes de Grupos de Acción Local y redes autonómicas y nacionales, junto a responsables políticos y técnicos de ámbito regional, nacional y europeo, para reflexionar sobre el presente y el futuro del desarrollo rural a través del enfoque LEADER.

Durante mi intervención compartí algunas ideas que considero esenciales para entender los retos a los que se enfrenta hoy el medio rural y el papel que desempeñan los Grupos de Acción Local. Las reflexiones que siguen amplían aquellos planteamientos y pretenden contribuir a un debate que considero necesario: el de la verdadera innovación, el reconocimiento del trabajo acumulado en los territorios y la importancia de quienes permanecen cuando los proyectos concluyen.

El encuentro me llevó, además, a reflexionar sobre una paradoja cada vez más frecuente. Precisamente el enfoque LEADER nació hace más de tres décadas sobre principios que hoy vuelven a presentarse como innovadores: la participación de la población local, el desarrollo ascendente (bottom-up), la cooperación entre actores, la innovación desde el territorio y la creación de redes. Para quienes llevamos años aplicando esta metodología, resulta llamativo comprobar cómo estas ideas se redescubren periódicamente bajo nuevas etiquetas, como si fueran una novedad y no la base sobre la que se ha construido buena parte del desarrollo rural europeo.

Cada cierto tiempo desembarca en el medio rural una nueva oleada de organizaciones, consultoras, fundaciones o empresas que presentan un discurso aparentemente innovador. Hablan de participación ciudadana, gobernanza colaborativa, inteligencia colectiva, laboratorios de innovación o metodologías disruptivas, como si fueran conceptos recién descubiertos y como si los territorios rurales hubieran permanecido ignorantes hasta su llegada.

Sin embargo, quienes llevamos décadas trabajando desde los Grupos de Acción Local sabemos que gran parte de esas herramientas y enfoques forman parte de nuestra práctica cotidiana desde hace más de treinta años. Escuchar, dinamizar, generar confianza, acompañar proyectos, crear redes, facilitar la participación o impulsar el desarrollo desde abajo no son tendencias pasajeras: constituyen la esencia misma del desarrollo rural.

Por ello, conviene preguntarse qué valor diferencial aporta realmente esta constante llegada de actores externos. Con demasiada frecuencia, el territorio acaba convirtiéndose en un escenario donde ejecutar proyectos financiados con fondos públicos, validar metodologías o experimentar iniciativas que no responden a las necesidades reales de la población local. Mientras tanto, el conocimiento del contexto, el arraigo y los vínculos construidos durante años quedan relegados frente a la urgencia por cumplir indicadores, justificar subvenciones o captar nuevos fondos.

No se trata de cuestionar la incorporación de nuevos agentes —muchos de ellos procedentes del ámbito urbano— al desarrollo rural. La colaboración siempre resulta enriquecedora cuando se basa en el respeto mutuo, el reconocimiento del trabajo previo y la complementariedad de capacidades. El problema surge cuando se actúa como si el territorio empezara de cero con cada proyecto, ignorando la experiencia acumulada y presentando como innovación aquello que lleva décadas funcionando.

Además, existe otra cuestión que rara vez ocupa el centro del debate: ¿qué ocurre cuando esas entidades abandonan el territorio?

Casi todos los proyectos tienen una fecha de inicio y otra de finalización. La verdadera medida de su impacto no reside únicamente en las actividades desarrolladas durante su ejecución, sino en aquello que permanece después. ¿Se han fortalecido las capacidades locales? ¿Se han consolidado redes de colaboración? ¿Existen personas u organizaciones capaces de dar continuidad al trabajo iniciado? ¿O solo quedan informes, fotografías de jornadas y una página web que dejará de actualizarse pocos meses después?

Esta reflexión adquiere aún más importancia cuando se observa que, en numerosas ocasiones, estas entidades no vienen a cubrir necesidades desatendidas ni a abrir caminos inexplorados. Llegan, sencillamente, a desarrollar actuaciones que los Grupos de Acción Local llevamos décadas realizando: dinamizar la participación, acompañar a personas emprendedoras, impulsar redes de cooperación, facilitar procesos de innovación o promover iniciativas de desarrollo territorial. El resultado suele ser la duplicación de acciones, la repetición de metodologías y la dispersión de recursos públicos en estructuras paralelas que desaparecen una vez concluida la financiación. En lugar de fortalecer el tejido existente y aprovechar el conocimiento acumulado, se generan intervenciones temporales cuyo valor añadido resulta, en muchos casos, inexistente.

Frente a esa lógica, los Grupos de Acción Local asumimos una responsabilidad diferente. No desaparecemos cuando concluye un proyecto. Seguimos presentes en el territorio, compartiendo tanto los éxitos como las dificultades, acompañando nuevos procesos y respondiendo cuando las iniciativas encuentran obstáculos. Nuestro compromiso no depende de la duración de un contrato ni de una convocatoria de ayudas, sino de un vínculo construido con las personas, las instituciones y el propio territorio a lo largo del tiempo.

La innovación no consiste en acuñar nuevos términos para describir prácticas que otros llevan décadas desarrollando. Innovar significa reconocer el conocimiento existente, aprovechar la experiencia acumulada, sumar capacidades y actuar con humildad. Significa construir sobre lo que ya funciona, en lugar de sustituirlo o ignorarlo.

Quizá ha llegado el momento de cambiar la pregunta. En vez de preguntarnos quién trae la innovación al medio rural, deberíamos preguntarnos quién permanece cuando se apagan los focos, cuando terminan los proyectos y cuando ya no quedan fondos que justificar.

Porque el futuro del medio rural no se construye mediante intervenciones efímeras diseñadas desde despachos alejados de la realidad local. Se construye con presencia, compromiso, confianza, continuidad y conocimiento del territorio. Y esos valores no se improvisan ni se financian a corto plazo: se cultivan durante años.


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