Vacía, ¿de qué?
La
inspiración de este artículo nace de la letra de «Ser grande siendo pequeño», la colaboración entre Casapalma y el
nido, una reinterpretación de coplas tradicionales de jotas compartidas entre
Burgos y Cantabria. Su estribillo —«Qué feliz es el que sabe ser grande siendo
pequeño»— reivindica una manera de entender la vida en la que el valor no
depende del tamaño, la riqueza no se mide por lo material y lo pequeño nunca es
sinónimo de insignificante. Esa idea, profundamente arraigada en la cultura
popular, invita también a reflexionar sobre el lenguaje con el que describimos
el medio rural y los prejuicios que determinadas palabras pueden llegar a
consolidar. Porque, igual que una persona puede ser grande siendo pequeña, un
territorio no necesita concentrar millones de habitantes para ser esencial.
Desde esa convicción nace la reflexión que sigue.
Hay
expresiones que, de tanto repetirlas, terminan convirtiéndose en una verdad
aparentemente incuestionable. Eso es precisamente lo que ha ocurrido con los
conceptos de “España vacía” y “España vaciada”, dos términos que en los últimos
años han adquirido una enorme presencia en los medios de comunicación, en el
discurso político y en las conversaciones cotidianas cuando se habla del medio
rural, de territorios con baja densidad de población o de municipios que sufren
procesos de despoblación. Mi posición respecto a su utilización es radical: no
creo que debamos seguir aceptando con normalidad que los pueblos sean definidos
fundamentalmente desde la ausencia, desde la pérdida, desde el abandono o desde
la tristeza. No porque la despoblación no exista, porque sería absurdo negar
una realidad demográfica que afecta a numerosos territorios y que tiene
consecuencias económicas, sociales, antropológicas, ambientales, culturales y
políticas evidentes, sino porque una cosa es describir un problema y otra muy
distinta convertir ese problema en la identidad de un territorio entero.
Cuando un
medio de comunicación habla de la “España vacía”, no está utilizando una
expresión neutra. Las palabras nunca son completamente inocentes y mucho menos
cuando se repiten de manera sistemática hasta convertirse en categorías,
etiquetas o estereotipos con las que una sociedad aprende a interpretar una
realidad. La palabra “vacía” construye inmediatamente una imagen mental de
ausencia: pueblos sin habitantes, calles silenciosas, casas cerradas, persianas
bajadas, personas mayores, paisajes abandonados y jóvenes que se marchan.
“España vaciada” introduce además una interpretación diferente, porque señala
que ese vacío no es natural, sino provocado por decisiones económicas y
políticas que durante décadas han concentrado población, servicios, empleo y
oportunidades en determinados espacios urbanos. Ambas expresiones han servido,
sin duda, para colocar la despoblación en el centro del debate público y para
denunciar una realidad que durante demasiado tiempo permaneció invisible. Pero que
una expresión haya servido para poner de relieve un problema no implica que
debamos asumir acríticamente el imaginario que termina construyendo.
Porque la
pregunta que deberíamos hacernos es muy sencilla: ¿vacía de qué?
¿Vacía de
población? En determinados territorios, sí, si utilizamos como referencia los datos
del INE. ¿Vacía de actividad económica? No. ¿Vacía de recursos? Tampoco. ¿Vacía
de patrimonio? Evidentemente no. ¿Vacía de cultura, de paisaje, de
biodiversidad, de producción alimentaria, de conocimiento, de iniciativa
empresarial, de capacidad emprendedora o de relaciones sociales? Mucho menos.
Los territorios rurales pueden tener una densidad demográfica muy baja y, sin
embargo, concentrar una extraordinaria cantidad de recursos estratégicos para
el conjunto de la sociedad. Allí se producen alimentos, se conserva
biodiversidad, se gestionan bosques, se mantiene patrimonio, se generan
energías renovables, se preservan tradiciones, se cuidan paisajes y se sostiene
una parte esencial de la economía productiva que alimenta y abastece a las
ciudades. Por eso resulta profundamente contradictorio hablar de territorios
“vacíos” cuando, en realidad, estamos hablando de espacios que contienen una
enorme cantidad de aquello que necesitamos para vivir.
El problema
es que hemos acabado midiendo el valor de un territorio por su población.
Parece que un territorio solamente adquiere importancia cuando concentra un
determinado número de habitantes, cuando genera grandes volúmenes de actividad
económica o cuando está ubicado en el alfoz de una ciudad. Hemos asumido una
especie de jerarquía territorial en la que lo urbano representa el progreso, la
innovación, la modernidad y las oportunidades, mientras que lo rural queda
asociado a la distancia, al envejecimiento, al pasado y a la pérdida. Y ahí es
donde el lenguaje de la “España vacía” resulta especialmente perjudicial,
porque refuerza una mirada que ya estaba instalada previamente en buena parte
de la sociedad urbana: la mirada hacia el pueblo como un lugar del pasado, como
el escenario de los recuerdos familiares, como la casa de los abuelos, como un
paisaje idílico que merece ser conservado, pero no necesariamente como un lugar
donde pueda construirse - en pleno siglo XXI - un proyecto vital.
Hemos creado
así una especie de ruralidad melancólica que resulta profundamente injusta para
quienes viven en ella. El pueblo aparece en muchas ocasiones como un lugar al
que regresar durante las vacaciones, como un territorio que visitar para
recuperar unas supuestas raíces perdidas, como un paisaje que fotografiar
durante un fin de semana o como una realidad que contemplar con cierta tristeza
porque, aparentemente, está desapareciendo. Esa mirada puede resultar
emocionalmente atractiva para quien vive en una ciudad, pero es
extraordinariamente reduccionista para quien vive, trabaja, emprende, cuida a
su familia y construye su futuro en el medio rural. Los pueblos no son museos,
no son decorados de televisión, no son parques temáticos y tampoco son reservas
de nostalgia para una sociedad urbana que necesita reencontrarse ocasionalmente
con una visión idealizada de su pasado. Son lugares donde vive gente y donde
esa gente desarrolla proyectos, toma decisiones, crea empresas, trabaja la tierra,
cuida animales, abre comercios, gestiona asociaciones, educa a su familia y
mantiene comunidades que, pese a todas sus dificultades, siguen teniendo una
enorme capacidad de iniciativa y resiliencia.
Por eso creo
que los medios de comunicación tienen una responsabilidad que no podemos
ignorar. No son responsables de la despoblación, evidentemente, y sería absurdo
atribuirles la pérdida de población en ‘el rural’. Pero sí tienen una
responsabilidad enorme en la construcción del imaginario colectivo sobre esos
territorios. Durante años hemos visto una sucesión casi interminable de
reportajes en los que el medio rural aparece asociado a la desaparición, al
abandono, al declive y a la falta de futuro. El pueblo que pierde su escuela es
noticia, como lo es el consultorio que cierra, el comercio que desaparece, el
bar que baja la persiana o la última familia que abandona un municipio. Todas
esas historias son reales y deben contarse. El problema aparece cuando esas
historias terminan representando la totalidad de la realidad rural.
Porque hay
otra realidad que también existe y que, sin embargo, parece tener muchas más
dificultades para convertirse en noticia. Existe la cooperativa que crea empleo
femenino, la pequeña empresa que innova, la granja agrícola que incorpora
tecnología punta, la mujer que emprende, el joven que regresa, la familia que
decide instalarse en un pueblo, el proyecto cultural que recupera patrimonio,
la asociación que moviliza a la población local para negarse a que ubiquen en
su pueblo: macrorenovables, plantas de biometano o centros de datos, el
ayuntamiento que rehabilita viviendas, la iniciativa que transforma productos
locales, la empresa que exporta desde un pequeño municipio o el colectivo
social que decide poner en marcha un nuevo servicio de cuidados porque ha
entendido que esperar a que alguien venga a solucionar sus problemas no es una
estrategia de futuro. Todo eso también es ruralidad, pero no siempre encaja en
el relato que los medios de comunicación han aprendido a construir alrededor de
la despoblación.
Existe,
además, una paradoja que debería hacernos reflexionar. Muchos de los
territorios que denominamos “España vacía” son precisamente aquellos que
proporcionan a las ciudades una parte fundamental de los recursos que necesitan
para funcionar. Las ciudades consumen los alimentos que se producen en el
campo, utilizan la energía que se genera en espacios rurales, disfrutan de los
paisajes que se conservan en ellos, visitan su patrimonio, demandan sus
productos turísticos y dependen de unos ecosistemas cuya gestión se desarrolla
fundamentalmente fuera de las grandes urbes. Sin embargo, hemos llegado a
construir un relato en el que esos territorios aparecen como espacios
marginales, secundarios, casi prescindibles. Resulta difícil imaginar una
contradicción mayor: considerar vacío aquello que está proporcionando una parte
esencial de los recursos que sostienen nuestra forma de vida.
La cuestión
no consiste en negar la despoblación ni en construir un relato artificialmente
optimista sobre el medio rural. No necesitamos sustituir la etiqueta de “España
vacía” por una especie de “España maravillosa” en la que todos los problemas
desaparezcan detrás de las fotografías del eclipse del 12 de agosto. Eso sería
tan falso como el discurso catastrofista. Los territorios rurales tienen
problemas reales y graves que deben ser abordados con políticas públicas dotadas
con suficiente financiación y más diálogo social, casi siempre ausente:
dificultades de acceso a determinados servicios, problemas de vivienda,
envejecimiento, falta de oportunidades laborales, dificultades de movilidad,
brechas digitales, pérdida de actividad económica y una preocupante
incapacidad, en algunos lugares, para atraer y retener población joven. Negar
esas dificultades sería irresponsable. Pero reconocerlas no obliga a definir el
territorio exclusivamente desde ellas. ¿Acaso hacemos lo mismo con las
ciudades? ¿Las definimos por sus problemas o por todo lo que son?
Precisamente
por eso considero que necesitamos cambiar la manera en que hablamos del medio
rural. Si estamos hablando de densidad demográfica, hablemos de baja densidad.
Si estamos hablando de pérdida de población, hablemos de despoblación. Si
estamos hablando de falta de servicios, expliquemos qué servicios faltan, por
qué faltan y qué consecuencias tiene esa carencia. Si estamos hablando de
desigualdad territorial, utilicemos ese concepto. Pero tengamos mucho cuidado
cuando utilizamos una palabra como “vacío”, porque esa palabra no solamente
describe una cantidad de habitantes: construye una percepción. Y cuando esa
percepción se repite miles de veces, termina convirtiéndose en un prejuicio.
Quizá uno de
los mayores problemas que tenemos actualmente no sea únicamente la despoblación
física de determinados territorios, sino la despoblación simbólica
que hemos permitido que se produzca alrededor de ellos. Un territorio puede
perder habitantes y, al mismo tiempo, ganar capacidad de innovación. Puede
tener menos población y más actividad empresarial. Puede ser pequeño en
términos demográficos y enorme en términos patrimoniales. Puede encontrarse
lejos de una capital y estar conectado con el mundo. Puede tener dificultades,
pero también oportunidades. Puede envejecer y, simultáneamente, acoger nuevas personas
pobladoras. Puede perder población y seguir siendo imprescindible. La realidad
rural es demasiado compleja como para quedar encerrada en dos palabras.
Y aquí
deberíamos exigir también un ejercicio de responsabilidad a las profesionales
del periodismo y a las personas que dirigen los medios de comunicación.
Necesitamos un periodismo rural que no convierta cada pueblo en un escenario de
tragedia ni cada territorio de baja densidad en una postal de abandono.
Necesitamos periodistas que se acerquen al medio rural con la misma curiosidad,
exigencia y profesionalidad con la que se acercan a cualquier otro espacio
social. Necesitamos que se cuenten los problemas, pero también los procesos de
transformación; que se denuncien las carencias, pero también se expliquen las
soluciones; que se hable de los pueblos que pierden habitantes, pero también de
aquellos que están encontrando nuevas formas de generar actividad, empleo y
oportunidades. Necesitamos, en definitiva, que el medio rural deje de ser
noticia únicamente cuando algo desaparece.
Porque hay
una diferencia enorme entre mirar un territorio y comprenderlo. Desde Madrid,
Barcelona, Valencia, Zaragoza o Sevilla puede resultar sencillo contemplar un
pueblo como un lugar tranquilo, pintoresco y casi detenido en el tiempo. Pero
detrás de esa imagen existen personas que trabajan, que pagan impuestos, que
emprenden, que educan, que producen alimentos, que cuidan a otras personas y
que toman decisiones todos los días sobre cómo quieren vivir. No necesitan
compasión. Necesitan derechos, servicios, oportunidades y reconocimiento. Necesitan
que se comprenda que vivir en un pueblo pequeño no significa vivir en un lugar
con menos oportunidades, menos valor o menos futuro.
Por eso
rechazo que los pueblos sean presentados permanentemente desde la tristeza.
Rechazo que cada conversación sobre el medio rural tenga que comenzar y
terminar con la despoblación. Rechazo que se utilicen imágenes de calles vacías
como representación automática de cualquier municipio rural. Rechazo que se
construya una mirada urbana en la que el pueblo aparece como algo que se está
perdiendo y que únicamente merece nuestra atención porque desaparece. Y rechazo,
especialmente, que terminemos transmitiendo a la infancia y juventud la idea de
que su territorio no tiene futuro simplemente porque llevamos años repitiendo
que está vacío.
Según el
Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación el 15,5 % de la población
española no vive en una España vacía, sino en un medio rural que se extiende
por el 83,8 % del territorio. Vivimos en una España diversa, compleja y
profundamente desigual en términos demográficos y territoriales. Hay lugares
con una densidad de población muy baja, sí, y hay territorios que necesitan
políticas específicas y consensuadas entre todas las administraciones públicas para
afrontar los procesos de despoblación. Pero esos territorios no están vacíos.
Están llenos de patrimonio, de recursos naturales, de conocimiento, de cultura,
de actividad productiva y, sobre todo, de personas. Personas que merecen algo
más que aparecer en los medios de comunicación como los últimos habitantes de
un lugar condenado a desaparecer.
Tal vez ha
llegado el momento de dejar de preguntarnos cómo “llenar” la España vacía y
empezar a preguntarnos por qué hemos permitido que una parte de España sea
percibida como vacía cuando en realidad está llena de posibilidades. Tal vez el
verdadero reto no sea solamente demográfico, sino también sociocultural y
comunicativo. Tal vez tengamos que conseguir que la sociedad deje de mirar los
pueblos desde la melancolía y empiece a mirarlos desde el respeto, desde el
reconocimiento y desde la oportunidad. Quizá el problema no sea que una parte
de España esté vacía, sino que hemos concentrado al 84,5 % de la población en
apenas el 16,2 % del territorio.
Porque un
territorio no vale por el número de personas que aparecen en el padrón. Vale
también por lo que produce, por lo que conserva, por lo que aporta, por lo que
representa y por lo que puede llegar a construir.
Y los
pueblos, pese a todos sus problemas, están lejos de estar vacíos.

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